Dicen que la vida es como una montaña rusa. Nos subimos a un vagón y esperamos que éste empiece a circular por las vías. El vagón empieza a circular y nos damos cuenta que en la subida va más poco a poco, que cuesta llegar a lo alto de la montaña. De repente bajamos de forma rápida y sin tan si quiera darnos cuenta.
La vida es más o menos igual: Familia, amigos, pareja y trabajo nos condicionan a diario determinando dónde estamos en cada momento y nos pueden dar una idea de dónde estaremos mañana.
En lo alto de la montaña, vemos que diversas de estas facetas nos satisfacen. Sentimos que nuestro estado de ánimo mejora, somos capaces de todo, tenemos un entorno que es favorable a nosotros y que el esfuerzo ha merecido la pena. Es en el momento que ambicionamos subir un poco mas y damos un paso más. En ese paso nos hemos condenado de manera irreversible a la bajada.
Se rompen los esquemas: Sentimos que todo aquello que teníamos se desmorona progresivamente, no nos sentimos capaces de nada más que de lamentarnos por aquello que teníamos y ya no tenemos. Las cosas han cambiado de manera tan rápida y drástica que no nos da tiempo a actuar.
Vamos en línea recta, asumiendo y reflexionando, pensando que nunca más podremos volver a sentir la satisfacción de "estar en lo más alto", de tener esas ganas de hacer todo lo que uno se proponga.
Estamos tan obcecados en la caída, que olvidamos que la misma gravedad nos da impulso para afrontar una nueva rampa de subida, la cual si se hace poco a poco podemos llegar a lograr una estabilidad en lo alto.
Tal vez sea verdad que la vida es una auténtica montaña rusa, y estamos destinados a estar arriba y abajo constantemente, pero lo que realmente importa no es donde estemos si no que disfrutemos del viaje.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
Publicar un comentario